El ardor de la sangre

Una cruda tarde del pasado invierno en Piriápolis, cuando despuntaba el vicio de revolver libros en las góndolas de una estoica librería abierta para nadie, me encontré con Iréne Némirosvky. No con ella, materia combustible de la demencia nazi, sino con lo mejor de esa mujer increíble que ella fue. En tan sólo 39 años, los que van desde su nacimiento en Kiev hasta los hornos de Auschwitz, esta mujer joven hija de un banquero ucraniano judío, licenciada en La Sorbona -y exitosa a partir de la publicación de “David Golder”, cuyo protagonista es, precisamente, un banquero- se las ingenió para dejarle a sus hijas una maleta que contenía una de las más fascinantes obras literarias del Siglo XX.

“El ardor de la sangre” es, justamente, una de esas joyas encontradas en la maleta. Para quienes aún no conocen la obra de Némirovsky, ésta breve novela es una muy buena opción para comenzar a leerle. No sería raro que el lector convocado por ella, se sienta, como me sentí yo, atrapado en la telaraña de un mundo crudo pero fascinante, narrado con una profundidad humana sorprendente a una mujer que vivió en la época y lugar que le tocó vivir, y luego sufrir. Su “Suite Francesa”, publicada también muchos años después de su muerte, es su gran novela, pero de ello hablaremos en una próxima entrada.

En esa tarde inhóspita de Piriápolis, encontré que en 158 páginas cabe toda la literatura del mundo.

 

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