gente leyendo

Cuando era joven, años que suman decenas ya, solía pensar que mi ignorancia era una laguna que podría cruzar, hasta alcanzar la orilla de la sabiduría, con solamente dar unas cuantas brazadas.

Pasaron los años, se sucedieron experiencias y fracasos duraderos, éxitos pírricos y enseñanzas desperdiciadas, caídas y recaídas y todas ellas, mero vivir, embebidas de lecturas que, suponía – ingenuo yo- me hacían, si no más sabio, por lo menos un poco menos ignorante. Craso error, mea culpa. La laguna era ya un gran lago que desafiaba la resistencia de cualquier nadador.

Seguí gastando años y ojos, tratando de ver lo que apenas podía entender, buscando la embarcación que me pusiera en la otra orilla. Confieso: he leído. Asumo: ¡qué poco he aprendido!

Si acaso, lo más valioso que rescato de mi enciclopédica ignorancia es la capacidad de haberlo entendido al fin, y de empezar, ya era hora de ello, de buscar el remedio allí donde ella, la sabiduría, reside.

En oportunidad de la 38° Feria Internacional del Libro en Montevideo -con mucho de Feria y poco de internacional- participamos con mi hija Ana Claudia, escritora y adicta a la lectura como un servidor, de una actividad cultural en homenaje a José Saramago, con motivo de los 5 años de su –presunta, porque yo, mucho no me lo creo- muerte. Participaban de ella, como conferencistas, nuestra Claudia Amengual y la escritora argentina Claudia Piñeiro, ambas confesas admiradoras del “viejo portugués”.

Luego de leído un escrito enviado por Amengual, quien no pudo concurrir por verse afectada por una enfermedad de las que minan las más férreas voluntades, la ponencia final quedó a cargo de Piñeiro. Para quienes no conocen a esta autora argentina, de éxito editorial indudable tanto como su calidad literaria, su carrera se consolidó a partir de haber obtenido el Premio Clarín de narrativa, por su novela “Las viudas de los jueves” otorgado por un Jurado compuesto por Rosa Montero, Belgrano-Rawson y presidido, nada menos, por Saramago.

Piñeiro, convertida al credo saramaguiano no solamente por su obra, sino por la enorme dimensión intelectual, moral, ética y humana del Viejo, recurrió para su semblanza a éstos últimos aspectos -por el orden en que se citan, no por la importancia-, para trazar un retrato del gran autor. Todo un acierto, realmente.

Para ello, echó mano con seguridad, a su obra “El autor se explica”  (en mi poder un ejemplar en mini de Editorial Aguilar, Colección Crisol, 2010) que contiene su ensayo “La estatua y la piedra” originado en una Conferencia dictada en Turín, y el discurso de aceptación del Premio Nobel ante la Academia Sueca.

Para quien no lo haya leído, mi ferviente recomendación. Difícil, muy difícil, encontrar otro ejemplo de tanta sabiduría expresada en menos de 200 mini páginas, que lo importante no necesita de lo grande.

Del discurso rescato la anécdota relatada por Saramago, el nieto que seguía siendo, en torno a que “el hombre más sabio que he conocido en toda mi vida, no sabía leer ni escribir”, refiriéndose, claro está, a su abuelo Jerónimo. El hombre que, sin saberlo, trascendió la estatua para ir al centro mismo de la piedra. Cuenta Saramago que, enfermo el abuelo, vienen a buscarle con el objeto de internarle en un hospital. Sabiendo ya que no habría de volver, ese gran hombre que era el modesto campesino no quiso irse sin antes recorrer su huerto y despedirse, abrazándolos con los ojos acuosos del que no teme llorar,  de cada uno de sus olivos, como si fueran hermanos con los que se decía el adiós definitivo, que lo eran –hermanos- y definitivo era el adiós. Toda la dimensión humana del nieto, aparece meridianamente expuesto su origen en ese gesto, tan simple, del abuelo.

Para graficar la otra gran dimensión, la ética del escritor, portugués y europeo, rescato un ejemplo si se quiere, desde el punto de vista literario dentro de su enorme edificio, quizás menor: el que tiene que ver con la publicación de “La balsa de piedra” y los ataques recibidos por ello, acusándole de euroescéptico en el menor de los casos, porque hubo munición bastante más gruesa. Un malentendido ex profeso típico de políticos.

Lo que realmente hay en esa obra de Saramago, considerada por muchos una novela menor de indudable carácter político, es un ferviente deseo de aproximación, que le hace imaginar a la Península Ibérica como tal, navegando aguas con proa hacia la América colonizada, buscando restablecer el equilibrio perdido.

En momentos en los que un acuerdo comercial –principio querrían las cosas- entre la Comunidad Europea y el Mercosur se aplaza ad infinitum y los desaforados realistas mágicos que gobiernan éstas tierras arrasadas, derribando Colones y entronizando indígenas lanzas en ristre, reivindican improbables orígenes, me parece que la apelación al sueño del Viejo es ineludible, por más que la evidencia nos muestre a la Península prendida con uñas y dientes a los Pirineos, haciendo que la Balsa ingeniosamente imaginada naufrague antes siquiera de haber emprendido la travesía.

Mientras tanto éste humilde escriba, sigue intentando ver la otra orilla del gran lago de su ignorancia.

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Un comentario en “Saramago y la balsa que no avanza

  1. Y aún después de muerto, pero solo físicamente, porque por lo demás el viejito Saramago está más vivo que nunca, sigue aportando vida con cada aspecto que se continua descubriendo de él. Y sí… se trata de eso, de la simpleza, de la dificultad de ser sencillo, de que abrazar árboles nos hará más sabios y las letras nos permitirán crecer en amor, pero no se si en sabiduría. Igual… la literatura es un acto de amor por intentar poner en palabras todo aquello que no nos es dado en nombrar fácilmente.

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