Ítaca en mi sueño o Cavafis rescatado

viaje-a-Ítaca

Cuando emprendí mi viaje a Ítaca
supe que el camino sería largo,
lleno de desventuras, harto de amarguras.
Partí advertido: No abraces serpientes ni comas sapos,
ni oigas las diatribas de los coléricos Poseidones;
seres tales jamás hallarás en tu camino
si tu pensar es elevado, si selecta
es la emoción que toca tu espíritu y tu cuerpo.
Ni a las serpientes ni a los sapos
ni al desastrado Poseidón encontrarás
si no los llevas dentro de tu alma,
si tu espíritu no los pone frente a ti.

Supe que el camino sería largo.
Que muchas habrían de ser las mañanas
en que llegando -¡con qué placer y alegría!-
a puertos nunca vistos antes;
detenido en los emporios del arte
me hice con hermosas poesías,
cantos de nácar y coral, ámbar y ébano
y toda suerte de músicas sensuales,
cuantos más abundantes cantos sensuales pude.
Fui a muchas ciudades, Babilonias infinitas
a aprender, a aprehender de sus sabios libros.

Tuve siempre a Ítaca en mi mente,
porque llegar allí era -es- mi destino.
Más no debo apresurar nunca el viaje.
Mejor si todavía durase muchos años
para que cuando atraque, viejo ya, en la isla,
beneficiado de cuanto hube ganado en el camino
no espere a que Ítaca me enriquezca.

Ítaca -su sueño- me brindó un hermoso viaje.
Sin soñar con ella no habría emprendido el camino.
Pero en llegando. ya nada tendrá para darme.

Y aunque entonces, la halle pobre, Ítaca no me habrá engañado.
porque así, paciente como vuelvo, con tanta experiencia,
habré entendido, al fin, qué significaba Ítaca en mi sueño.

Poesía sin corbata: “Quisiera”

Quisiera

 

Quisiera ser una nube, etérea nube

Una rebelde nube para desafiar al viento

Una porfiada nube para contrariar al sol

Una enamorada nube para rozar el vello

De aquél pubis apenas visto, tal vez soñado

Quisiera ser la lluvia cálida del verano

Para esconderme en su bosque de gotas

Y caerle como un colibrí a la flor

Para penetrar en ese pubis apenas imaginado

Quisiera ser colibrí o mariposa

Mariposa o colibrí tanto da

Con alas y mirada de águila

Para caer encima de tu pubis tan extrañado

Quisiera ser pero no soy sino apenas

Un burdo bardo, torpe y desmañado

Que sueña desde el remoto pasado

Con los rizos de tu pubis, tal vez engañado

Quisiera ser águila, colibrí o mariposa

Surcar los cielos, Cabalgar la lluvia

Ondear los vientos y sortear el tiempo

Para beber el néctar de tu pubis, siempre añorado

 

 

El Apocalipsis o el fin de las cosas…

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(Tragedia en trece escalones y un solo final)

El

Las cosas están confusas, oscuras. Parecen amenazantes las cosas. Los hombres, que son hombres y mujeres que otrora fueron jóvenes, y antes niños, miran y esperan. Sin pedir, reclaman, ruegan, imploran. Sus miradas lo dicen todo. Sus bocas no. O por lo menos, nada que se les entienda. Los viejos, que fueron hombres y mujeres piensan en tiempos mejores, pero no dicen nada. Los viejos alzan los ojos, mudos los ojos. Las bocas trémulas, sin dientes, nada dicen. O lo dicen todo, con su silencio.

A

Las cosas están oscuras, entreveradas, allá donde los hombres no llegan nunca. Allá donde imaginan, en vano. Piensan que va a escucharles. El que creó todas las cosas, les escuchará, aunque solamente piensen. Aunque nada digan. O digan, pero no se les entienda. Ni aún para aquél que creó todas las cosas. Que no escucha. O por lo menos, así parezca.

P

Los viejos, que antes fueron hombres y mujeres, que otrora fueron los jóvenes que eran niños, recuerdan. No hablan de cuando el sol. No les creerían. Para qué. Mejor así. Para ellos pasó ese tiempo. Queda la espera, estéril, con las bocas vacías, mudas. Y los ojos ciegos. Solamente las manos, rugosas, abiertas hacia allá, quieren decir algo. Pero no lo hacen, o por lo menos no les entienden.

O

Los hombres, que son hombres, no lloran. No pueden. Los hombres, que no lo son, que son mujeres, sí lo hacen. Pero son llantos secos, mudos, que se mueren dentro. Los hombres piensan, y esperan. Esperan, día tras día, una sola noche, larga, oscura. Las cosas están así. Lo viejos piensan que antes no. Pero no lo dicen. Para qué. Los jóvenes, que fueron niños, esperan. Tampoco saben qué. Los niños sí lloran. Sus bocas vacías, piden. Pero no hay. Y los llantos se agotan. Los llantos agotan.

C

Y los que esperan, y los que esperan sin saber que esperan, allí están. Viendo cómo las cosas están, oscuras, malas están las cosas. Pidieron, rogaron, imploraron, lloraron lágrimas ácidas. Pero ahora ya no. Se agotaron. Y el que creó todas las cosas no respondió entonces. Tampoco ahora.

A

No saben los hombres. Piensan los hombres. Piensan y temen preguntarse. Tal vez, no necesiten hacerlo. Saben qué hicieron los viejos que fueron hombres, que son mujeres y hombres. Saben lo que ellos mismos han hecho. También, lo que no han hecho, y debieron.

L

En sus oídos gastados, los viejos que fueron hombres, conservan ecos. Son murmullos del agua. Podrían hablar de ella, de antes. Pero no lo hacen. Para qué. Los hombres, mujeres y hombres que son, lo saben pero no quieren recordarlo. Los jóvenes no. Ellos no saben. Sus ojos muertos nunca vieron. Sus oídos no oyeron, y no creen. Sus labios nunca probaron, y tampoco creen. Los niños, que lloraban, ahora no. Para qué.

I

En sus mentes gastadas, perdidas en lo oscuro de las cosas, los viejos tienen destellos. Ante sus ojos ciegos, pasan colores. Los de antes. Los hombres saben de ellos, pero no quieren. Recordar, no quieren. Para qué. Los labios murmuran, pero no se entienden. Los gritos se perdieron, hace mucho. Se fueron rebotando entre las rocas, y no volvieron. Iban en busca del que creó todas las cosas, pero no volvieron.

P

En sus bocas cascadas, los viejos que fueron hombres, recuerdan sabores. Los de antes, que los hombres, que son mujeres y hombres ahora, probaron. Pero no lo dicen. Callan, los viejos. Ellos, los hombres, prefieren no recordar. Y los jóvenes, ni eso. Solamente las manos, secas, cuarteadas, puestas hacia allá. Hacia donde esperan por el que creó todas las cosas.

S

Los hombres, mujeres y hombres juntos, esperan la voz. Una señal. Algo que ponga fin a la espera. La esperan, pero la temen. Los viejos no. Ya no esperan. Están más allá de la esperanza. Y del miedo. Están más allá del mundo, porque pertenecieron al otro. A los hombres solo les queda éste, y la espera. A los jóvenes, quizás. A los niños, ni eso. Lo piensan, los hombres. Pero no lo dicen. Para qué.

I

Que se termine, piensan algunos hombres, también mujeres. Que acabe ya. Que escuchen la sentencia y ya. De qué sirve esperar. Las cosas, todas las cosas, están así. Confusas, oscuras, amenazantes. Las cosas son una mueca de la muerte. Los viejos lo saben. Los hombres, y sus mujeres, saben que lo saben, pero no lo dicen. Y ellos no escucharían, tampoco. Para qué. Los jóvenes no preguntan, y es mejor. Los niños no saben qué. Mejor también. Son menos mentiras. Mintieron tanto, antes.

S

Los hombres, y sus mujeres, lo saben. Los viejos, que fueron hombres y mujeres, también lo saben. Mejor que nadie. Por ello secaron sus lágrimas. Por ello, nada esperan. Saben que no pueden. No tienen derecho. Nadie va a escucharles. El tiempo -su tiempo- pasó. Y ya ven cómo fueron las cosas. Mal, han ido muy mal. Los ojos gastados ya no ven. Mejor así, porque lo que vieran, no les gustaría. Solamente les queda el recuerdo. Traicionero, el recuerdo de los viejos. Insiste en volver atrás, cuando las cosas eran otras. Pero los viejos no quieren. A los viejos, el recuerdo les duele. Si tan siquiera pudieran borrárselos, y ya. Pero no. Se presentan cuando menos lo piensan. Y vuelven a lo mismo, cuando las cosas eran distintas. Pero ahora son otras, oscuras, confusas, perdidas.

Los recuerdos de los viejos son porfiados. Aparecen igual, a traición. Revuelven la herida. Traen, colgando de sus bocas desdentadas, los viejos amaneceres. La luz despertando, algo que los ojos secos de los hombres ya no verían. Pero allí está, aún, en el recuerdo de los viejos. Era el tiempo del sol. La luz borrando las sombras. Y el agua, rumorosa, entre piedras. Duelen los recuerdos de los viejos. Los oídos muertos todavía oyen gorjeos. Oyen el zumbido de un colibrí danzando sobre flores. Tan lejos, todo. Tal vez no sea más que su imaginación de viejos dementes. Sufren los recuerdos, los viejos. Pero no los comentan. Para qué.

Ahora…

Los hombres saben que no van a escucharla. Que la voz del que creó todas las cosas, no va a ser escuchada por sus oídos. No tienen esperanza. Tienen miedo de esa palabra. Se les murió, esa palabra. Junto con la luz, cuando el sol murió. Cuando se apagaron los sonidos y los rumores. Cuando cesaron los gorjeos y los zumbidos. Cuando las sombras lo cubrieron todo. Cuando el calor les fue abandonando, de prisa. Cuando todo enmudeció, carente de movimiento. Huero de vida. Ese fue el tiempo de la muerte. La muerte de la esperanza, para los hombres, y sus mujeres. Los jóvenes no lo supieron, pero lo intuyen, y por eso no preguntan. Para qué. Los niños acabaron las lágrimas. También agotaron las preguntas. Sin respuestas, ahora tampoco preguntan. Para qué.

…en la hora final

Es la noche que ha caído sobre ellos. Sobre viejos y hombres, mujeres y hombres, sobre jóvenes y niños. Es la noche última, de la que no se sale. La noche sin amanecer al final del tiempo. Es un tiempo sin final. Tiempo muerto, como la noche abatida sobre ellos, y sus manos, agrietadas, puestas hacia arriba, donde esperan, inútilmente, por la palabra del que creó todas las cosas, que no ha de llegar. Han comprendido, finalmente, que de él solamente el castigo, podían esperar. Lo supieron cuando las cosas fueron oscuras, confusas, pero no quisieron aceptarlo. El recuerdo de la luz, les mantenía la esperanza. Debió acabarse el último resquicio, para que acabara también. Con los viejos, se van los recuerdos. Queda, el puro presente. Presente sin futuro. Un presente muerto. Como el que se lleva a los hombres y mujeres. El mismo que se llevará a jóvenes, que no serán hombres y mujeres, ya no. Y a los niños, que no serán jóvenes. Tampoco ellos. Porque, por fin, han entendido el silencio del que creó todas las cosas. Ése, es su castigo. Para que las cosas sean, cada vez, más oscuras, confusas. Para que las cosas se confundan en la noche con la muerte de todas las cosas.

 

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Huber Matos, un testimonio de la infamia castrista

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“Cómo llegó la noche” (Editorial Tusquets, 2002) , es un libro de memorias del Comandante Huber Matos (Yara, Cuba, 1918 – Miami, 2014) que obtuviera el XIV Premio Comillas en 2001, otorgado por unanimidad por el Jurado integrado por Jorge Semprún,  María Teresa Castels, Miguel Angel Aguilar, Jorge Edwards, Santos Juliá y Antonio Lopez Lamadrid.

A lo largo de casi 600 páginas, Matos relata los años previos a la guerrilla desde el Golpe de Batista de 1952, su vida como Maestro Rural en contacto con el sufrido campesinado cubano, su primer exilio, los avatares de la Sierra Maestra donde se convirtió en uno de los principales Comandantes -junto a Camilo Cienfuegos, Ernesto Guevara y Raúl Castro – teniendo a su cargo la legendaria “Columna 9” que libró varias de las principales batallas que jalonaron el triunfo rebelde, hasta el ingreso a Santiago de Cuba el 1º de Enero de 1959.

Con extrema minuciosidad, detallando fechas, nombres, fuentes, Matos relata el breve período desde la toma del poder, la vorágine de una Revolución que había nacido bajo la premisa de un Manifiesto que prometía libertades y restitución de la vigencia de la Constitución y llamado a elecciones democráticas, devenía rápidamente en una autocracia bajo la mano de hierro de Fidel, antiguo alumno jesuita, abogado e hijo de burgueses, apelando a silenciar toda voz discordante mediante las ejecuciones sumarias o, en el mejor de los casos, la no menos sumaria internación en las mazmorras batistianas ahora en manos de la Revolución.

A cargo de la Gobernación de la Provincia de Camagüey, donde Matos había logrado ya un enorme prestigio, es que las diferencias con el rumbo de la Revolución hacia el comunismo, le llevan a dirigir una carta a Fidel solicitándole la baja del Ejército para volver a su provincia natal a ejercer el magisterio. Encolerizado y en plena histeria, el Supremo Comandante le manda arrestar, eligiendo para ello nada menos que al Comandante Camilo Cienfuegos, único de sus lugartenientes que por carisma podía hacerle sombra, y amigo personal de Matos. Queda para siempre la duda de por qué esa elección, qué buscaba con ella, y cuánto pudo tener que ver ese hecho con que una semana después Camilo haya muerto en un misterioso accidente de aviación, del que quedaron más dudas que certezas.

Caído en desgracia, a Matos se le somete a un Juicio Sumarísimo donde, a pesar de la instigación de algunos que -como Raúl Castro- pretendían cobrar viejas cuentas- a Fidel no le dio el cuero para hacerlo ejecutar y se saldó con una condena a 20 años de prisión. Paradojalmente, en el Juicio al “traidor” el propio Fidel se escandaliza y enfurece porque Matos, en su carta y alegatos, sostiene que la Revolución se encamina hacia un régimen comunista, muy lejos de las consignas bajo las cuales él y casi todo el pueblo cubano había luchado para derrocar al otro tirano, Batista. Las 5 décadas posteriores, relevan de cualquier comentario acerca de quién tenía razón.

Gran parte del libro está dedicado al descarnado relato de los más de 7200 días de suplicio en las mazmorras castristas, no solamente de su propio calvario, sino el de tantos otros acusados del régimen sometidos al más variado repertorio de torturas y vejaciones propias del estalinismo reinante que dejarían pálida a la misma Inquisición.

El libro que comento llegó a mis manos allá por 2011-2012 y avancé en su lectura hasta esa parte precisamente, cuando Fidel acude al mismo sistema del Santo Oficio y convoca a la masa enardecida para pedirles la condena a los viles traidores, hasta escuchar de éstos el “paredón, paredón” para el gusano. No me dio el espíritu ni aguantaron las tripas para seguir leyendo.

En una nueva paradoja del destino, cuando el saurio de La Habana se había muerto varias veces pero seguía vivo, oculto tras el poder, sin que viniera a cuento de nada retomé la lectura. Es durante ese proceso de lectura que, al fin, la China Castro toma el micrófono para comunicarle a sus súbditos que el monarca, ahora sí, por última, total y definitivamente, ha muerto.

Matos, su rehén durante 20 años exactos, había muerto hacía 2 años. Atrás había dejado cerca de 200 días de huelga de hambre, los innumerables intentos por conseguir que se autoeliminara, y la tortura llevada al extremo de la crueldad. Sin embargo, un cuerpo deteriorado, con múltiples fracturas, enfermedades propias del régimen de cárcel y martirio, sostenido en un inquebrantable espíritu, le resistió 35 años más desde su salida de Cuba para dar testimonio de la insanía del sátrapa que había, virtualmente, secuestrado a su pueblo.

Matos murió lejos de su tierra, de la que amó hasta el punto de ofrecer su vida por ella, y sin poder siquiera visitar la tumba de su madre en Yara, porque hasta en eso la mezquindad de Fidel supo ensañarse. Algún día, la Historia hará la justicia que los hombres no lograron conseguir. Sin embargo, el testimonio de Matos, como los de tantos perseguidos y torturados -me viene a la mente el de Reynaldo Arenas, o el de Armando Valladares, otro rehén del castrismo- debería ser una vela encendida para recordarle a todos los cretinos útiles que, urbi et orbi, siguen siendo cómplices de la barbarie que también a ellos, más temprano que tarde, ha de llegarles su hora.

 

 

 

Con Baricco, visitando a “Los bárbaros”

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Cuando pase raya de este 2016, año de lecturas largas, tengo la plena convicción de que este ensayo de Alessandro Baricco, “Los Bárbaros, ensayo sobre la mutación” figurará en los primeros lugares, en cuanto a la profundidad y trascendencia de lo que plantea, argumenta y sostiene el autor, con la solvencia a que nos tiene acostumbrados a sus seguidores.

A quienes como el escriba, casi arribando a territorios de las seis décadas, observar al mundo desde lo que creímos certezas heredadas, se ha convertido en un asombro diario, en un permanente desafío a la razón, una tortura a los sentidos y un asalto a la disminuida capacidad de asombro, para las que aquellas certezas perdidas se constituyen en un permanente estado de zozobra ante lo que no entendemos y por ello, menos podemos aceptar.

Asistir al espectáculo, de horror las más de las veces, de la “civilización del espectáculo” de la que nos habla Vargas Llosa – que viene teniendo bastante más de espectáculo que de civilización- deviene en una tortura, las más de las veces auto-infligida habida cuenta esa compulsión del ser humano de resultarle virtualmente imposible permanecer al margen.

La vida nos enseña que básicamente existen dos clases de problemas: los que podemos -y por tanto, deberíamos- resolver, y los que están en el campo de lo humanamente imposible. En cualquier caso, sean unos u otros, lo que tienen en común es que deberíamos intentar comprender, porque tengan o no solución, pueda o no participar -así sea mínimamente en el sentido correcto- requiere como premisa básica e imprescindible, entender de qué se trata lo que tenemos por delante.

En el mundo convertido en una “aldea global” la maraña de información, desinformación, conocimiento acumulado y permanencia de interrogantes sin respuesta, todo parece estar lejos de nuestro alcance. Tal vez, entonces, cuando no puedas cultivar la comarca, la cuestión se trate de mantener prolijo tu propio jardín. El jardín interior, ese donde a diario deberíamos cuidarnos de las malas hierbas, de regar con una buena dosis de comprensión, del que nacen nuestras propias actitudes, ellas sí destinadas a ser parte de la gran correntada que se convertirá en parte del problema o en parte de la solución.

Hacia ese camino nos lleva Baricco, abordando la relación milenaria entre “civilización” y “barbarie” sin preconceptos, intentando ir hacia el centro de la roca en lugar de quedarse en la mera superficie. No se trata ya de aquél “Esperando a los bárbaros” que con tanta lucidez nos planteaba Cavafis, sino de que, como en la milenaria China la Muralla ha caído y están entre nosotros, y cada vez más, nos tememos, somos también parte del “ellos”.

Desde mi modesto punto de vista, el desafío que se plantea el autor consigue sortearlo con creces y se constituye en un aporte insoslayable en ese camino de comprensión de nuestras realidades que, como hijos de esa cultura del conocimiento y el esfuerzo, de la ética de la responsabilidad heredada de Max Weber, nos debemos como ciudadanos de la Aldea con el deber de heredar a nuestros hijos y nietos un mundo no solamente vivible -en los términos en los que lo conocimos- sino, hasta donde ello sea posible, también explicable.

Se trata, en ese proceso de mutación que en el que estamos inmersos -sin pedirlo, y las más de las veces sin ser conscientes de ello- de decidir qué y cómo queremos y podemos salvar de “nuestra” civilización, para legar a quienes nos siguen, como aporte a su propia peripecia. Es en ello en lo que Baricco realiza un aporte sustancial, con éste Ensayo que me animo a recomendar como lectura ineludible.

 

Te habré dejado entonces, hija

A mi padre, padre invierno, a mi hija, hijas, y a JLP, hijo y padre. 

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Hija, te habré dejado, entonces, cuando sientas que el pasado se ensancha, crece y se ensancha, como si fuera el invierno tirando de las sábanas al otoño, apurándole, impertinente el invierno, manto frío de olvido, y el futuro es tuyo hija, hija madre, tuyas las mañanas que no he de ver, tuyos los dolores que ya habré sufrido. Querría haber permanecido en todo, pero no, hija, mera esperanza -egoísta esperanza- permanecer, apenas el recuerdo pesada mochila, hija, hija madre. Recuérdame apenas para no olvidarte de ti, hija, de tu suave mano en la mía áspera y temblorosa, cobarde mano la mía, que espera por la tuya, por el calor, por la fuerza de tu tiempo vivo y fresco, el de tu hija, mi nieta, ponla a resguardo, aléjala de los dolores, tiempo habrá, lo sabes, hija madre, lo sabrás, cuando llegues tú misma a la siguiente estación, viaje que no se detiene, indetenible, implacable. Hiciste tanto por mí, me justificaste, diste razón al despropósito de vivir, y lo harás todavía llevándome, hija, hija madre, tu mano en el frío del metal deteniendo el tiempo, el tiempo helado del final, la mañana detenida, el paso lento, hija, como queriendo quedarse en el momento anterior, reverberando el dolor mío, el dolor tuyo, hija, y el suyo, hija madre, todavía inmaduro para ser apenas asombro, el miedo de caminar en las sombras, tu mano en la suya, no sufras hija, estoy aquí, estarás tú también para ella, recogiendo sus lágrimas asombradas, mezclándose con las tuyas, inevitables, Estaré aunque no esté hija, en la mochila, dentro, una amasijo de recuerdos, limpios y nuevos, brillantes como la mañana que despierta pese a todo, no se detiene la mañana hija, déjala, ella sabe, otros vendrán que su calor querrán, ya lo ves, hija, tan hija. Aunque sientas que sólo puedes llevarme, no te engañes, hija, también me has traído, me has empujado hasta aquí, aunque hayas creído que eras tú quien era llevada. También eso te lo debo. Te debo más, pero ya no puedo pagarte. Ya no, hija, Quizás nunca haya podido, tal vez tú tampoco puedas hacerlo, a tu tiempo, más allá en los días, en los veranos por vivir, las primaveras y el árbol que al fin ha de dar su sombra, en ese tiempo hija, hija madre, tú también sentirás la deuda del dolor que dejas, que yo dejo, herencia no querida, pobre herencia las nuestras, habidas de dolor henchidas de dolor las dejadas herencias. No es justo, ya lo sé. Recién ahora lo sé. El dolor del que queda, hija, el dolor que el que parte no puede consolar. Ya no, Nunca pudo, nunca pude, hija. Te habré dejado entonces, hija, con el frío del metal en la mano, lejos de la fría mano mía, te habré dejado, con tu dolor, pobre herencia, hija querida.

#historiasdesuperación: Diez minutos con mi asesino

Todo ha sido muy rápido. Estoy frente al Juez, hombre que me mira como si pretendiera ver detrás de mí. Estoy sola con él y con quien dice ser mi abogado defensor, de oficio por supuesto. Él ha conseguido la audiencia. Aunque haya hecho poco más que eso por mí, creo que es bastante. Confío en convencer al Juez. Que me escuche, que oiga mis razones y por qué le pido lo que le pido.

Diez minutos a solas con mi asesino, Señoría, sólo eso le pido. Antes o después del funeral, tanto da, pero diez minutos él y yo. Usted quizás no entienda y crea que estoy loca, pero necesito hacerlo, no solo por mí, también por mi hija, tengo que explicar y explicarme varias cosas. Allí, frente a él. Sé que no ha de escucharme, nunca lo hizo en realidad, pero da igual, me basta decírselo. Lo que dije ante usted y el Jurado, por supuesto, pero también otras cosas que solamente yo y él podríamos entender ¿me explico? Me hago cargo que le parezca irregular, que le provoque inquietud porque pueda cruzarme con algún familiar suyo, pero le garantizo que nada, pero nada me interesa más que lo que le digo, estar frente a él y decirle lo que tengo aquí, ve usted, atragantado y nunca pude decirle. Lo he perdido todo Señor Juez, quizás también a mi niña, pero por eso mismo, porque no tengo nada para perder es que le hago este pedido, un poco extraño para usted, me imagino.

Contra el escepticismo de mi defensor, el hombre se apiadó de mí y me concedió el pedido. La policía judicial ha tomado todas las medidas de seguridad y esposada, me han introducido en un furgón de vidrios espejados, en el que salgo, como de un útero, hacia las entrañas de un lugar frío y desangelado. Me conducen entre paredes blancas, a derecha, luego a izquierda, hasta que al final me sientan en una silla de metal de respaldo recto, enfrentada a una mesa también metálica, a donde se dirige un chirrido de ruedas sobre las cuales transportan a mi asesino. Le han depositado frente a mí, y me han puesto de pié para poder verle a la cara, mientras la mujer que me custodia se repliega hacia la puerta y asume la actitud del que no ve ni escucha. Allí está él, mi asesino, sin mirarme. Mejor; recuerdo esa mirada como un puñal atravesando mis carnes. Que solamente escuche. Hoy, tendrá que escucharme.

¿Por qué, Agustín? ¿Por qué pasó lo que pasó entre nosotros? ¿Cómo llegamos aquí? Durante estas últimas interminables horas, he tratado de pensar en nosotros antes, ¿recuerdas?, cuando aún teníamos ilusiones, por lo menos yo las tenía, y tú también, quiero creer que sí, que alguna vez me quisiste. He pensado mucho Agustín. Me duele la cabeza de tanto hacerlo. No lo creas, todo ha sido muy difícil desde cuando te dejé allí en nuestra cama, porque era nuestra cama, ¿te das cuenta? Allí engendramos a Agustina, cuando todavía sentía que en la mañana el sol salía para todos. Cuando una caricia eran tus dedos en mis mejillas, tu mano en mi cabello. ¿Por qué? Queríamos que fuera varón, yo también lo quería, pero fue nena. Igual quise darle tu nombre, aunque en femenino. Yo te quería Agustín. No me digas nada. Sólo escúchame. Te quería a ti, a tu familia, a tu padre tan buena gente, a tu madre que creo me quería como a una hija. Creí que tú y ellos serían mi nueva familia, la que casi ya no tenía. ¿Acaso fue por Agustina? ¿Te sentiste defraudado porque no quiso ser varón? Todo parecía ir tan bien. Aún cuando insististe para que dejara mi trabajo. Está bien, pensé entonces, quizás tenga razón, debo dedicarme a nuestra hija, con lo de él tendremos suficiente. Pero luego empezaste a quejarte porque Agus no te dejaba dormir, que te levantabas de malhumor, por la noche llegabas tarde, y el olor, habías estado de copas. Yo no te decía nada. Creía que se te iba a pasar. Que tenías problemas en el trabajo, o que era por la niña. Trataba de hacerla dormir temprano, todo para que no te molestara. Pero a ti nada parecía conformarte. Pensé que era yo, que algo estaba haciendo mal. Que el embarazo y luego el tiempo con la niña, nos estaba alejando. Traté, te lo juro, intenté por todos los medios, de cambiar las cosas, que volvieras a mí, ya sabes, aunque me cueste decírtelo, pensé que si me mostraba más abierta en la cama volverías a amarme. ¿Recuerdas, Agustín, esa primera vez? Te sugerí aquello porque pensé que era lo que tú querías, pero esa fue la noche que por primera vez me trataste de puta, de mujerzuela, mala madre y todas esas lindezas, y que no contento, me descargaste tu mano sobre la cara.

Se le va a pasar, volví a pensar. Está muy presionado. Fue un error el mío. ¿Cómo no pensé que mostrándome así te haría pensar mal de mí? Recuerdo que estabas arrepentido. Que me pedías perdón. Y cómo no iba a perdonarte, si allí al lado tenía a nuestra hija, a tu hija. Te perdoné, claro, porque un momento malo lo tiene cualquiera. Me dijiste que nunca más. Pero luego vino lo de Agus en nuestra cama, que el pañal no debía estar bien puesto, que te orinó encima, tu rabia, el llanto de la niña, y la mano una y otra vez sobre mi cara, y tus dedos tirando de mis pelos. Volviste a pedirme perdón. Volviste a decirme que nunca más. Pero bastó un plato que no te gustó para que acabara bajo la mesa con tus zapatos en mis costillas. Allí decidí comprar la pistola. Era mujer y madre, pero no ibas a volver a pegarme. Ahora dime, ¿por qué? Te maté, pero tú lo hiciste antes conmigo. Callas, cobarde. Mejor así.

Escritores en apuro.

LA NACIÓN DE LAS BESTIAS

Tengo que admitirlo. El día de ayer, después de saber el resultado de las elecciones en Estados Unidos, tuve un largo momento de pánico. Pánico construido con ladrillos de miedo y mucha, mucha inseguridad. (Haciendo analogía a lo que trae a México ahorita de cabeza, el dichoso muro). No voy a hablarles de las causas y consecuencias de las elecciones de aquel país, ni de lo que siento por tal o cual candidado. Voy a hablarles de mi experiencia, desde mi trinchera como escritora novata, autopublicada y mexicana.

En un momento de sincera desesperación, pensé en que tal vez iba a ser mejor sacar mi libro antes de la fecha que había previsto, para que el precio del dólar no me tomase por sorpresa. Estaba realmente asustada, y quise, por unos instantes, lanzar el libro en diciembre, echar todo mi trabajo de preparación y esfuerzo por la ventana con tal…

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Carta a mi padre, donde esté…

 

Mi querido viejo :

Hoy hace 15 años que te fuiste a ese lugar y tiempo a donde más temprano que tarde todos hemos de ir y donde, quiero creer, me estarás esperando junto a ese viejito maravilloso que era el abuelo Amaranto y la venerada Mamavieja.

La mitad de lo bueno y lo malo que es la vida, te la debo a ti. Durante más de 44 años compartimos ese viaje. La mitad de él, bajo el mismo techo, si no todo el tiempo por lo menos buena parte. Hijo único, no tuve nunca ni tengo ahora con quien compartir lo que siento y pienso, así que como suele decirse, desde hace 15 años la procesión va por dentro.

Nacido en el primer cuarto del Siglo XX, en el propio culo del Uruguay recién salido de las guerras fratricidas, la vida no podría haberte mostrado su cara más amable. El principal y casi seguro oficio que esperaba a quienes caían a la vida por esta parte del mundo en esas épocas, sin fortuna ni privilegios, sería el de aprender a vivir y sobrevivir con lo que justo. Si acaso unos años de escuela para aprender a leer y escribir lo básico, algunas cuentas para defenderse, y después a hacerse en el duro oficio del diario vivir.

Intransigente y soberbio, como todo joven que fui, te hice mi víctima preferida de esos exabruptos de intolerancia que solía formar parte de mi carácter, tal vez nada más que una coraza de protección ante lo que no entendía, o consideraba injusto, o que simplemente creía no merecer, como si de merecimientos fuera la cosa, que no lo es pero se necesita mucho andar para entenderlo, a veces, un poco tarde.

Dicen que hay cosas irreversibles como una bala disparada o una palabra dicha. Ante la muerte, una palabra no dicha tiene el mismo carácter de fatal irreversibilidad. Debí haberte escuchado más. Debí haber dicho menos. Debí, pero no lo hice.

Desde tu partida, hubo cosas que no pude hacer por mucho tiempo. Una de ellas, fue recordar el color de tus ojos: tu mirada, viejo querido, se me iba en la bruma de mis propios sentimientos. Por aquél tiempo, cuando a costo de tu vida habías logrado librarte del sufrimiento del cáncer, yo había comprado un álbum de Eric Clapton, “Pilgrim”, cuyo primer tema es, precisamente, “My father eyes”, los ojos de mi padre, los tuyos, los que no lograba recordar. Nunca pude, desde entonces, escuchar esa canción sin que se me “piantara un lagrimón”, tan tarde para eso como para todo.

Hoy, cuando yo también recorro mi propio camino hacia mi personal Ítaca, quería decirte ésto, que supieras que te quise mucho, y que, aún pasados los años, el ser humano mayor que hoy soy, no es capaz de escribir estas torpes líneas sin que la vista se le nuble y el corazón cabalgue a su aire.

A donde estés, te recuerdo con el cariño que, tal vez, no haya sabido darte. De aquéllas, las cosas que podría haberte reclamado, ya te había perdonado. De mis propios errores, quiero creer tu me hayas perdonado. Si así fuere, yo también podré perdonarme y aguardar, en paz, si es que ello es posible, volver a encontrarnos.

 

 

Poesía sin corbata: “…y en el Principio, fue la Palabra…”

palabras

Y en el Principio fue la Palabra, hablada

y la palabra fue

palabra  compartida

*

Y luego la palabra fue cantada,

y el canto fue

Oda y alegría

*

Pero más luego, la palabra fue gritada,

 horca y Muerte fue la palabra

fue locura desatada

*

Más también fue escrita, la palabra

y fue canto de amor y esperanza

fue pasión, fue locura

más también, poesía,

fue poesía y vida,

la palabra

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